Domingo Savio
Su muerte
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Por la tarde, llegaba Domingo a Mondonio. La madre y sus hermanitos salieron a recibirle con alegría. Los primeros cuatro días los pasó bastante bien y sin guardar cama. Sin embargo, el padre quiso llevarlo para una visita médica. Había perdido el apetito y una tos persistente le molestaba día y noche. El médico ordenó reposo absoluto y, para curarle lo que creía era una pulmonía le aplicó una serie de sangrías ( corte que se hace en el cuerpo para que fluyera sangre). En realidad, como se supo después, la enfermedad de Domingo era una pleuresía. El médico que le aplicaba la sangría lo invitaba a volver la cara para que no viera tan dolorosa operación. Pero Domingo respondía sereno:
-Eso no es nada, en comparación con los clavos de la Pasión del Señor.
Mejoró algo. El médico, optimista, confortaba a la familia diciéndole que prácticamente el mal estaba vencido.
Otra cosa pensaba Domingo y, apenas el médico se retiró, pidió recibir la Unción de los enfermos.
Todos los presentes lloran y rezan.
-No llores madre... que yo me voy al cielo, -dice Domingo-.
Al párroco que está para retirarse le dice:
-Antes de irse, déjeme un recuerdo.
-¿Qué quieres, Domingo, que te diga?
El párroco edificado e impresionado ante tanto espíritu de sacrificio, no sabe qué decir.
-Algo que me consuele -añade Domingo.
-Acuérdate de la Pasión de Cristo.
-¡Ah, la Pasión! -exclama Domingo.
-¡Siempre la llevo en mi mente!
Y se quedó dormido...
Parecía un ángel...
A la media hora despierta.
-¡Papá! -exclama- busca mi libro de oraciones.
El padre, con un esfuerzo supremo, lee las oraciones de los agonizantes. Domingo responde con claridad y devoción: "Jesús misericordioso, ten piedad de mí".
Algunos jóvenes y niños a quienes se les permite entrar, pasan en silencio y recogimiento a contemplar por última vez el rostro con vida del amigo.
De repente abre los ojos y exclama:
-¡Adiós, papá, adiós! ¡qué cosas tan hermosas veo! Veo los cielos y al Señor y a la Virgen... que me esperan!
Y con estas palabras expiró.
Eran las diez de la noche del lunes 9 de marzo de 1857. En abril iba a cumplir los quince años.
Rápidamente la noticia corrió por todas partes.
En el oratorio compañeros y amigos lloran inconsolables la muerte del amigo. La celebración Eucarística ofrecida por Don Bosco contó con la presencia fervorosa de familiares, salesianos y amigos.
En la Iglesia y fuera, todos repetían: "Ha muerto un santo". Fue sepultado el miércoles 11 de marzo. Sus restos permanecieron en la Capilla del cementerio de Mondonio hasta que definitivamente fueron trasladados a Turín, a la Basílica de María Auxiliadora.