Domingo Savio
Un encuentro peligroso
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Un día caluroso de verano, Domingo se dirige a la escuela de Castelnuovo. Como siempre, va solo o, como decía él, en compañía de su Angel custodio.
Ese día va a tener una sorpresa... y desagradable, por cierto. Domingo tropieza con algunos amigos que han decidido dejar las clases y tomarse unas horas por su cuenta para darse un baño en el riachuelo que atraviesa el valle de Murialdo.
Conocían muy bien los mejores pozos para zambullirse a su antojo. No era la primera vez que lo hacían.
Pero ahora tenían un plan distinto: convencer a Domingo para que se fuera con ellos al río. Sabían muy bien que no era fácil; conocían a Domingo, que no hacía nada sin permiso de la madre. Uno de los muchachos José Zucca, saluda a Domingo amigablemente.
-¡Hola, Domingo! ¡No me vas a negar un favor! Tú eres para nosotros el mejor amigo. Acompáñanos al río. No te arrepentirás. Hoy faltarán muchos a clase y el maestro ya se lo imagina. Este calor es insoportable. A ti te hará bien. Te hace falta. Estás pálido...
Domingo se detiene, no sabe qué decir. Antonio, uno de los más avispados del grupo, se le acerca amigablemente y lo lleva hacia el río.
Pero, yo no sé nadar... no estoy acostumbrado.
-No te preocupes, ya aprenderás. Así empezamos todos. Tú no puedes ser distinto de los demás... En la vida hay que saber de todo.
Se introduce Zucca en la conversación para decirle a Domingo la frase decisiva que lo convencerá.
Además, Domingo, sabes que estando tú presente nosotros nos portamos mejor. Es una obra buena la que haces, lo sabes muy bien.
Ya han caminado bastante y se acercan al lugar de su predilección. Rápidamente se desvisten y se echan en el pozo. Domingo está ahí. No se mueve. Mira. El espectáculo es nuevo para él, y se turba en su ingenuidad, sus ojos inocentes se pasan sobre esos doce cuerpos completamente desnudos que se empujan y juegan a su capricho.
José Zucca le grita desde el pozo:
-Eh, Domingo, ¡ven! ¡esto sabe a cielo!
Domingo le responde:
No sé nadar, tengo miedo. Me puedo ahogar. Yo espero aquí. José Zucca quiso volver a hablar, pero otro de la pandilla lo echó al agua de un empujón.
Domingo se aleja un poco a un lado, se quita los zapatos, y sentándose sobre una piedra mete los pies en la corriente de agua.
Por un momento siente el deseo de lanzarse al agua. Tiene mucho calor. Total, bañarse no es pecado. Uno de los muchachos se acerca, se sienta a su lado, mientras le dice:
-Mira, Domingo, te hace bien tomar un poco de sol. Tu piel está blanca como una sábana.
Pega su hombro al de Domingo y le hace ver la diferencia. Otro que se había acercado por detrás empuja a Domingo y lo lanza al agua. Asustado, Domingo se levanta rápido y le nace por dentro una furia que instantáneamente muere en aquel corazón donde está ya madurando una virtud excepcional.
Domingo se sobrepone. Y ante la admiración de sus compañeros, termina dándose un sabroso baño. Pensó: se puede uno bañar en el río y pasar sanamente unas horas agradables pero dejar las clases, sin permiso, ¿se puede hacer sin ofender a Dios? No quedó satisfecho y al regresar a casa fue derechito hasta donde estaba su madre.
- Madre, hoy no me he portado bien. Tienes que llevarme a la Iglesia, quiero confesarme. No fui a clase, ¿sabes? unos compañeros me convencieron y los seguí. No quise bañarme... pero ellos me tiraron al agua y tuve miedo de hacer el ridículo, y me bañé con ellos. Pero no es esto lo que más me duele, sino haber desobedecido, el haberme expuesto al peligro que suponen tales compañeros y lugares semejantes.
Al día siguiente fue como siempre a la escuela y saludó a su maestro con la misma filial reverencia de todos los días.
El maestro, con mucha habilidad, supo disimular todo lo acaecido y no quiso herirlo reviviendo escenas del día anterior.
Aquellos compañeros intentaron de nuevo llevar a Domingo al río. Ignoraban ellos que él había analizado su comportamiento y había tomado un firme propósito. Esta vez, sereno y decidido, se les enfrentó:
-¿Queréis que os diga lo que pienso? Pues se los diré bien claro: he sido engañado una vez, pero fue la primera y va a ser la última. No quiero desobedecer a mi madre ni exponerme al peligro de ahogarme o de ofender a Dios. Y os diré que hicisteis mal en dejar las clases e ir a esos lugares. A Dios no le agradan los hijos desobedientes.